Creencias disfrazadas de opiniones: la guerra contra los hechos y el periodismo

05/05/2026

Creencias disfrazadas de opiniones: la guerra contra los hechos y el periodismo

Miguel Crespo y Ana Pinto-Martinho

Crespo, M., & Pinto-Martinho, A. (2026). Creencias disfrazadas de opiniones: la guerra contra los hechos y el periodismo. SmartVote. https://doi.org/10.5281/zenodo.20057887

El periodismo se construyó a lo largo del siglo XX como mediador entre la realidad y el público, gracias a su capacidad de informar, contextualizar y tender puentes críticos entre los acontecimientos (hechos), el espacio público y la ciudadanía, promoviendo el debate democrático y la comprensión de la sociedad.

La irrupción de internet como un espacio no mediado, el desarrollo de blogs y posteriormente de las redes sociales, han democratizado no solo el acceso a la información, sino también su propia producción y difusión, que pasó a estar al alcance de cualquiera. De este modo, el periodismo ha perdido su casi exclusividad como retratador de la realidad para la ciudadanía en las sociedades democráticas. (Sixto-García et al., 2024; Fischer, 2023; Schrape, 2021).

El desafío que se plantea al periodismo —competir con la información no periodística— no le resta importancia, pero obliga a los medios y a sus profesionales a afrontar nuevos retos, especialmente cómo hacer valer la fuerza de los hechos frente a las opiniones de ciudadanos no especialistas y, más aún, frente a la resistencia que generan las creencias cuando los hechos no las sostienen o incluso las contradicen.

Movimientos negacionistas o revisionistas, organizados desde estructuras formales o de manera orgánica, han puesto en cuestión el papel del periodismo y de los hechos basándose en creencias, percepciones o pseudo-opiniones sin fundamento en la realidad.

Esta proliferación de información errónea, falsa o manipulada se ha extendido también a la política partidista en la mayoría de las democracias (Lisboa et al., 2023), lo que lleva a cuestionar hasta dónde podemos llegar si permitimos que la mentira sea la base de la toma de decisiones políticas: si las creencias, las pseudo-opiniones o incluso el negacionismo de los hechos y de la ciencia se consideran premisas válidas para la implementación de políticas públicas, las democracias se convertirán en rehenes de quienes mejor sepan difundir mentiras, independientemente de los objetivos de quienes las promuevan.

Si uno de los grandes desafíos que enfrentan hoy las democracias es hacer prevalecer los hechos y la ciencia, el periodismo es fundamental, ya que actúa como mediador entre el acontecimiento y la ciudadanía, al seleccionar, interpretar y presentar los hechos, haciéndolos comprensibles, creíbles y relevantes para el público. Esta mediación no es neutra, sino que resulta de criterios éticos, deontológicos y metodológicos, orientada por el interés público y la búsqueda de la objetividad, aunque consciente de las limitaciones y desafíos inherentes a la subjetividad humana. El periodista ocupa así una posición fundamental, siendo responsable de intermediar entre diferentes esferas —gobernantes y gobernados, poderosos y ciudadanía en general— y de fomentar una ciudadanía informada y una participación cívica activa (Schudson, 2008).

Como mediador, el periodismo sirve de foro público, promoviendo el diálogo y dando voz a la pluralidad social, ofreciendo contexto, análisis, verificación y explicación de los acontecimientos. También es función del periodismo legitimar instituciones sociales (científicas o culturales, por ejemplo), ampliar el conocimiento de la ciudadanía, enmarcar y dar visibilidad a temas fundamentales para la democracia, y contribuir al desarrollo del debate democrático y de la ciudadanía. (Silva, 2024; Marinho, 2015; Carey, 2009)

Podemos, por tanto, definir que el periodismo, al ejercer una mediación cualificada entre la realidad y el público, es uno de los pilares que sostiene el propio funcionamiento de las democracias y de sus sociedades. El aumento de la complejidad informativa en la era digital nos obliga a intentar clarificar cómo distinguir hechos, opiniones y creencias, y por qué esto es vital para la credibilidad periodística.

Si consideramos el hecho como la piedra angular de la información periodística (Sponholz, 2009), será necesario establecer su definición en el contexto periodístico, entendido aquí como un acontecimiento real, verificable y relevante, que sirve como materia prima para el trabajo del periodista y que puede ser sometido a la observación, validación documental o verificación. Por su parte, una “afirmación de hecho” es una proposición, un enunciado descriptivo sobre la realidad, y representa la traducción lingüística o comunicativa de ese acontecimiento. Así, se distingue entre el evento en sí (hecho) y lo que se dice o escribe sobre él (afirmación de hecho). En la práctica, el hecho es el acontecimiento tal como ocurrió —por ejemplo, “hubo una tormenta en Lisboa”—, mientras que la “afirmación de hecho” es el relato, descripción o interpretación de ese acontecimiento —en el mismo ejemplo, “Lisboa fue alcanzada por una fuerte tormenta ayer”.

En la actividad periodística, la objetividad y el rigor requieren que las afirmaciones de hechos sean verificables de acuerdo con la realidad observable o con datos validados, distinguiéndolas de opiniones, inferencias o interpretaciones puramente subjetivas (Tuchman, 1972).

Al contrario de lo que tantas veces reclaman los ciudadanos, confundiendo hechos, opiniones y creencias, en la práctica periodística también hay espacio para la opinión, para una perspectiva interpretativa de los hechos legítima y bien definida, en lo que se conoce como los géneros periodísticos de opinión (editorial, columna, crítica, etc.). Sin embargo, al reunir en los mismos espacios y momentos hechos y opinión, los medios sitúan al periodismo en riesgo de contaminación, lo que puede ocurrir cuando la opinión se presenta como hecho o, al menos, no se explicita como tal.

En el periodismo, la opinión se define como una evaluación o juicio de valor sobre un determinado tema, construída a partir de la interpretación y el análisis de los hechos, acontecimientos o datos. La opinión se fundamenta en argumentos, experiencias, valores y conocimiento, siendo indispensable que revele claramente su naturaleza interpretativa y, por tanto, subjetiva, ante el público (van Dijk, 1998). La opinión en el periodismo debe estar fundamentada en hechos verificables, enmarcada en el contexto informativo y diferenciada de la información objetiva.

El rigor ético y deontológico exige que el periodista separe claramente la opinión de la información factual, dejando explícito que se trata de una perspectiva subjetiva, sustentada en argumentos racionales y contextualización (Público, 2005). El gran riesgo para el periodismo surge cuando la opinión se presenta o se percibe como un hecho, produciéndose una contaminación informativa que mina la credibilidad del periodismo y confunde al público. Este riesgo pone en cuestión la separación esencial entre hechos e interpretaciones, dificultando el pensamiento crítico y promoviendo sesgos. Por ello, se requiere claridad, transparencia e integridad en la distinción entre lo que se reporta como hecho y lo que se expresa como opinión.

Puede concluirse, por tanto, que la opinión, en el periodismo, debe estar legitimada por el rigor argumentativo y por la clara distinción de los hechos, siendo crucial evitar su presentación indebida como verdad objetiva para mantener la confianza y la función democrática del periodismo.

Más común entre la ciudadanía o entre comentaristas no periodistas, la confusión entre lo que es una opinión construida sobre información factual y lo que es simplemente la reproducción de creencias sin fundamento verificable (Rodrigues & Aguiar, 2023) plantea aún mayores desafíos al periodismo, ya que las creencias llevan a quienes las sostienen a expresar convicciones y a resistirse a la evidencia, incluso cuando los hechos demuestran lo contrario.

Es natural y aceptable que la ciudadanía, los comentaristas o los periodistas tengan sus propias creencias culturales, religiosas, políticas o personales, y que estas influyan en la percepción de la realidad. Así, el desafío periodístico consiste en ser capaz de abordar las creencias sin legitimar mentiras, el negacionismo de los hechos o de la ciencia, e incluso la desinformación (Lisboa & Benetti, 2015).

Una creencia se define como una convicción subjetiva que un individuo o grupo tiene sobre algo, pudiendo estar basada en experiencias, tradiciones, emociones o procesos de socialización, y no necesita tener un fundamento empírico o racional. Las creencias culturales, religiosas, políticas, deportivas o personales moldean profundamente la percepción de la realidad, influyendo en la interpretación de los acontecimientos, las actitudes y las decisiones.

Este sesgo de percepción se ve reforzado por algoritmos que priorizan contenidos polarizadores, lo que ha contribuido, entre otros factores, a la erosión de la confianza de la ciudadanía en los medios. El Digital News Report (Newman et al., 2025) indica que menos de la mitad de los encuestados confía en las noticias en la mayoría de los países, mientras crece el consumo de fuentes híbridas como podcasts y plataformas sociales.

En este contexto cobra relevancia el efecto Dunning-Kruger, que describe un sesgo cognitivo mediante el cual individuos con bajos niveles de conocimiento o competencia en un determinado ámbito tienden a sobreestimar sus propias capacidades, mientras que individuos más competentes tienden a subestimarlas (Kruger & Dunning, 1999). Esta discrepancia se produce porque las lagunas de conocimiento que limitan el desempeño también restringen la capacidad de reconocer la propia ignorancia. Se trata, por tanto, de un fenómeno con implicaciones significativas en el ámbito de la información y la comunicación pública.

Cuando hablamos del consumo y la producción de noticias, el efecto Dunning-Kruger se manifiesta tanto del lado de los emisores como de los receptores. En primer lugar, proliferan fuentes que hablan con confianza sobre temas que no dominan, ya sea en redes sociales o en medios de comunicación tradicionales, como programas de televisión o radio dedicados a la opinión y el comentario, por ejemplo. La confianza desproporcionada con la que transmiten interpretaciones parciales o incorrectas resulta especialmente persuasiva para el público, ya que la seguridad en el discurso se confunde a menudo con competencia (Scharrer et al., 2020).En segundo lugar, periodistas o comentaristas pueden subestimar la complejidad de determinados temas, especialmente en áreas altamente técnicas, como la ciencia, la economía o la salud pública. La simplificación excesiva, aunque responde a necesidades editoriales, contribuye a la reproducción de análisis incompletos que pueden llegar a ser engañosos.

Desde el lado de la recepción, el efecto Dunning-Kruger también se manifiesta cuando los lectores rechazan el conocimiento transmitido por especialistas por confiar en su propia intuición. La confianza inflada en el juicio individual —frecuentemente alimentada por una lectura superficial de contenidos o por la exposición a narrativas simplificadas— genera resistencia al conocimiento especializado, junto con el crecimiento de un sentimiento de hostilidad hacia lo que se percibe como “intelectual”. Un ejemplo reciente fue lo ocurrido durante la pandemia de COVID-19, cuando ciertos sectores de la población desestimaban las recomendaciones científicas en favor de creencias personales o de información no verificada difundida en línea (Pennycook & Rand, 2020).

Teniendo en cuenta lo descrito, podemos ver que el efecto Dunning-Kruger puede agravar la propagación de la desinformación, en la medida en que facilita tanto la producción como el consumo de contenidos con errores o incluso incorrectos. Al crear un círculo vicioso —fuentes seguras de sí mismas pero con falta de conocimiento sustancial, que encuentran audiencia en lectores confiados en su propia intuición y desconfiados de la autoridad científica—, el fenómeno contribuye a la erosión de la confianza pública en expertos e instituciones. La combinación entre el exceso de confianza de los emisores y la insuficiencia de alfabetización crítica de los receptores crea un entorno informativo especialmente vulnerable a la manipulación y a la polarización.

En síntesis, el efecto Dunning-Kruger no se limita a ser un sesgo individual; en el ecosistema mediático contemporáneo funciona como un catalizador de procesos sociales más amplios que sostienen la desinformación y debilitan la calidad del debate público. Reconocer la presencia de este sesgo en diferentes etapas de la comunicación —desde la producción hasta la recepción de contenidos— constituye un paso fundamental para fortalecer las estrategias de alfabetización mediática y restaurar la valorización del conocimiento especializado.

Estas creencias funcionan como lentes interpretativas, reforzando sesgos cognitivos y priorizando información que coincide o refuerza expectativas o valores previos —potenciando distorsiones en la percepción de la realidad— y descartando información que cuestiona esas mismas creencias.

El periodismo se enfrenta al desafío de informar sin legitimar creencias como si fueran hechos, datos factuales o cualquier tipo de pseudo-verdad. Esto implica distinguir claramente entre hechos verificables y creencias o interpretaciones, adoptar métodos rigurosos de recopilación y verificación de la información, y garantizar la pluralidad de voces sin validar desinformación, prejuicios o narrativas infundadas. El imperativo del periodismo es promover la comprensión de la ciudadanía, protegiendo su credibilidad y evitando que las creencias personales se conviertan en falsas verdades colectivas.

De ahí se deriva la defensa de la importancia de distinguir entre creencia (convicciones), opinión (interpretación de hechos) y hecho (conocimiento observable y verificable) en los medios y en el periodismo, así como el papel fundamental del periodismo en la mediación de la información en democracia.

Referencias:

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